Tynglayen, bendita casualidad

        Tras pasar dos noches en Pagudpud, habíamos decidido dirigirnos a Bontoc, unos de los lugares elegidos por los viajeros para hacer alguna excursión por los campos de arroz, el sitio turístico por excelencia es Banaue, pero siempre intentamos huir de esos sitios. En fin, por eso este viaje es a nuestro ritmo

        El viaje tenía su miga, a Bontoc no había bus directo desde Pagudpud, así que la ruta a seguir era: Pagudpud-Tuguigarao-Tabuk-Bontoc, cuando por fin llegamos a Tabuk y preguntamos por el bus hacia Bontoc, nos dijeron que hasta la mañana siguiente no había ningún bus. Así que las opciones eran o dormir en Tabuk y por la mañana salir hacia Bontoc o coger una furgoneta que iba salir en ese mismo momento hacia Tinglayen y así avanzar dos horas en el camino. Viendo que Tabuk era una ciudad grande y no había mucho que hacer decidimos seguir hacía Tynglayen.

        Después de doce horas de viaje y saltando de furgoneta en furgoneta, llegamos a las seis de la tarde a Tinglayen, allí nos dijeron que hasta la mañana siguiente no salía un jeepny hacia Bontoc, cosa que ya nos habían dicho en Tabuk.

        Un poco resignados y después de hacer el check-in en la pensión “Beauty no se que” nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo. Paseando por el pueblo se nos acercó un hombre que se presentó como Francis y nos preguntó acerca de nuestros planes. Al decirle que por la mañana temprano seguiríamos nuestro camino a Bontoc. Nos dijo que no podíamos irnos de Tynglayen sin hacer un trekking por las montañas. Que por 1000 pesos (18€) nos haría un recorrido pasando por pueblos de diferentes tribus de la región Kallinga y visitando las terrazas de arroz.  Dudamos un poco. Él vió un resquicio en nuestra duda e insistió, quería que le acompañásemos a su casa para enseñarnos los libros en los que los viajeros dedicaban unas palabras a su guía Francis. Terminamos aceptando (menos mal) nos estrechamos las manos y le acompañamos a su casa, algo apartada, para ver esos libros de firmas. Nos invitó a un café delicioso de la región y nos sacó los libros. Tenía dedicatorias desde el 2010 y todas eran excelentes.

        En seguida nos dimos cuenta que Francis era todo un personaje, todo el mundo en el pueblo lo conocía. Después de ojear los libros, nos acompañó hasta nuestra pensión. Queríamos tomarnos una cerveza en el bar de la pensión, pero no le quedaba fría. Francis se acercó a una tienda y apareció con una botella de un tercio de Ginebra para invitarnos a un trago. Cogió un par de vasos, uno lo llenó de agua y en el otro se echó un buen chorro de ginebra. Se bebió la ginebra de un trago y acto seguido bebió agua. Me recordaba al limón que chupas después de beberte un chupito de tequila. Nos pasó la ginebra pero declinamos la oferta, el insistió así que para cumplir primero Ada y después yo nos metimos un lingotazo de ginebra. Después de beber un par de tragos más, les pidió a las chicas de la pensión que sacaran la guitarra. Y así mientras cenábamos un plato de arroz con una tortilla, Francis tocaba y cantaba canciones populares que las chicas tarareaban entre risitas de vergüenza. Terminamos de cenar y después de escucharlo un rato más, nos despedimos de él, necesitábamos pegarnos una buena ducha y descansar.

        Quedamos con él en la parada desde la que salía el jeepny a las siete de la mañana para dirigirnos al camino desde el que empezaba la ruta. A las seis y media más o menos, alguien aporreó la puerta de nuestra habitación. Abrimos y ahí estaba Francis, listo para la aventura. Nosotros ya estábamos listos, subimos a desayunar al bar de la pensión y nos salimos fuera a esperar que pasará el jeepny.

        Cuando por fin apareció nuestro transporte, Francis nos dijo que mejor nos sentáramos en el techo que así disfrutaríamos mejor de las vistas. Allí que nos montamos, el jeepny iba parando en cada casa, donde cada familia le daba un papelito. ¡Qué cosa más rara!, nosotros pensábamos que eran cartas o mensajes para alguien, pero luego descubriríamos que son listas de la compra.  Aprovechaban que iba a la ciudad para reponer provisiones.

Tinglayen (Filipinas)

Empezando el trekking en el techo del jeep

        Las vistas desde el techo del jeepny eran alucinantes, por un lado teníamos la montaña y solo veíamos la pared, pero por el otro había un cañon bastante profundo por donde discurría un río con aguas celestes y en la pared de enfrente, algún que otro pueblo y terrazas y terrazas de arrozales, el espectáculo de colores era extraordinario, así embobados, después de media hora llegamos al inicio de la ruta.

Tinglayen (Filipinas)

Vistas desde jeepny

Tinglayen (Filipinas)

Vistas desde jeepny

Tinglayen (Filipinas)

Terrazas de arroz vistas desde el jeep

        La primera parte del camino era bastante dura, infinitas escaleras y carreteras de cemento bastante empinadas. Francis nos dijo que ese tramos se podía hacer en moto pero que era mejor ir más despacio y disfrutar del paisaje. Cuando terminamos de subir vimos aparcadas muchas furgonetas. Francis nos dijo que eran excursiones, bastante caras, organizadas desde Bontoc. Luego el camino se tornó más suave y discurría entre vegetación y algún que otro riachuelo, un parte final muy empinada nos llevó hasta nuestro primer poblado.Era muy conocido por los tatuajes y la cabaña de la abuela que los hacía estaba hasta los topes de gente esperando.

Tinglayen (Filipinas)

Pueblo de los tatuadores

Tinglayen (Filipinas)

Nieta de la tatuadora

Tinglayen (Filipinas)

Famosa abuela tatuadora

        Estuvimos un rato observando como hacían los tatuajes, la famosa abuela y dos nietas, con una especie de punzón que más tarde descubrimos que era espina de una planta, un pequeño martillo y un recipiente con una pasta negruzca, iban marcando la piel del cliente con el patrón que hubiera elegido. No parecía que les doliera pero las condiciones higiénicas no eran las mejores.

         Una familia de la aldea nos preparó café, alubias con tomate y arroz. Cuando pregunté cuanto era, me dijeron que la voluntad, Francis me recomendó darle 50 pesos (1€), finalmente les di 100 pesos. Dos euros por comer los tres y encima quedaron muy agradecidos.

        Francis nos comentó que las demás excursiones volvían por donde habían venido, los montaban en las furgonetas y los devolvían a su hotel. Nosotros continuamos, fuimos atravesando el pueblecito hasta que salimos por el otro lado, y ahí estaban, terrazas de arroz por todos lados, seguimos subiendo y esas terrazas de arroz que antes admirábamos desde la lejanía ahora formaban parte de nuestro camino. Íbamos paseando por los muros que formaban los bancales, saltando de uno a otro. Era maravilloso, cuando paraba para ver lo que tenia a mi alrededor, se me ponía la carne de gallina y las piernas me temblaban, casi no podía andar. Era pura felicidad.

Tinglayen (Filipinas)

Tinglayen (Filipinas)

Terrazas de arroz

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Tinglayen (Filipinas)

Ada con nuestro guía Francis

Tinglayen (Filipinas)

Joseba con Francis

Tinglayen (Filipinas)

En el trekiing

        Seguimos subiendo hasta dejar atrás el pueblo y los arrozales, el camino discurría entre espesa vegetación mientras bordeábamos una montaña, cuando por fin pudimos ver lo que había al otro lado, nos quedamos boquiabiertos, un valle lleno otra vez de terrazas de arroz, el contraste de los verdes era maravilloso, volvimos a saltar de terraza en terraza mientras descendíamos. En una de esas, Ada resbaló y metió media pierna en un arrozal, se quedó bloqueada, no le preocupaba haberse puesto perdida de barro, lo que realmente le importaba era estropear el arroz después de ver el trabajazo que tiene.

Tinglayen (Filipinas)

Plantando arroz

        Luego tocó subir otra vez hasta llegar hasta otro poblado, y volver a bajar y volver a subir y llegar a otro pueblo, para por fin, encarar la bajada final. Estábamos cansados, pero no tanto como otros trekking que hemos hecho en nuestro viaje. Terminando nuestro recorrido, de repente Francis vió un platanero con una flor de plátano. No tenía fácil acceso, primero me dio un palo para que la golpeara y ahí estuve un buen rato, como cuando éramos niños y teníamos que romper la piñata. Viendo que era imposible, Francis se subió a un árbol  que parecía que se iba a partir, yo me puse debajo haciendo fuerza para que el tronco no se inclinara demasiado y por fin cayó la flor. No sabíamos para que la quería pero parecía que había encontrado oro.

        Justo, cuando llegamos de nuevo a la carretera, pasó el jeepny que volvía de Bontoc, cargado de gente y con todos los encargos de los vecinos. Ada se subió al techo y yo con Francis nos agarramos detrás, como si fuéramos dos basureros.  Francis nos invitó a bajarnos en su casa para tomar un café y escribir algo en el libro de firmas.

        Bajamos a su casa y allí estaba toda la familia, la madre alguna hermana, sobrinos, amigos, cuñadas…. Nos recibieron muy bien, eran muy simpática, la hermana, mientras una cuñada le quitaba las canas de la cabeza, nos estuvo preguntando por nuestro trabajo, nuestra edad y cuantos niños teníamos; le extraño mucho que no tuviéramos niños, los filipinos tiene muchos. Francis no dijo que en vez de planificación familiar en Filipinas había plantación familiar. Nos invitaron a unas tortas de arroz con coco buenísimas, un par de cafés y escribimos algo en el libro de firmas.

        Cuando nos disponíamos a irnos, Francis no dijo que no nos podíamos ir, que habían preparado un guiso con la flor del platanero y que teníamos que probarlos. Pasamos al interior de la casa y nos sentamos los tres en torno a una fuente con el guiso de la flor y por supuesto otra fuente con mucho arroz. Estaba exquisito, habían cortado la flor a tiras, la habían aliñado con vinagre y le habían añadido atún. Así cucharada a cucharada terminamos con la fuente. Ahora sí, nos despedimos de la familia y de Francis y nos fuimos a la pensión a ducharnos y a acostarnos. Unos de los mejores días que hemos pasado en nuestro viaje.

Tinglayen (Filipinas)

Comiendo flor de plátano en casa de Francis

        Al día siguiente, a las siete salía el jeepny que nos llevaría a Bontoc, todavía no lo sabíamos pero nos quedaba un largo viaje hasta llegar al Tagalay, una ciudad a sur de Manila que tiene un lago dentro de un volcán, que a su vez alberga decenas de volcanes y en el cráter de uno de ellos, había otro lago con una isla dentro. Tenía muy buena pinta pero íbamos a tardar alrededor de 25 horas en llegar a nuestro volcán.

2 pensamientos sobre “Tynglayen, bendita casualidad

  1. Nuria

    ….¡Vaya con Francis!….sin saberlo os regaló “uno de los mejoes días de vuestro viaje!….todo lo que se hace con pasión se disfruta más….precioso relato…apasionante…me descubro leyendo rápido para ver que pasa luego….auténtica la “abuela tatuadora”…y..la cocina de Francis…me encantan las fotos!……..Todo gracias a que viajais a “vuestro ritmo”…

  2. José Martín

    Cada vez estoy más “enganchado a vuestros relatos”. Me encantan, es como si estuviera leyendo una novela y relatara las aventuras de viajeros imaginarios. Suponía q lo de la flor del plátano acabaría apareciendo en el relato y así ha sido. No me ha defraudado. Enhorabuena por el relato, pero sobre todo, enhorabuena por vivirlo un poco por todos nosotros.

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