Kamakura

        Nos costó un poco encontrar un sitio en Yokohama para hacer autostop. Los japoneses pasaban junto a nosotros, algunos se reían y otros nos intentaban ayudar y nos recomendaban cambiar de sitio, así que estábamos algo despistados. Para más inri, estaba lloviendo.

        De repente, nos abordó una mujer haciéndonos señas , no entendíamos nada. Nos pidió que la siguiéramos y nos llevó hasta un coche donde nos estaba esperando su marido. Nos querían llevar a Kamakuara, por lo visto, tenían planeado ir a ver los Sakura, pero como estaba lloviendo, se les había fastidiado el plan y pensaron que llevarnos era una buena alternativa. Nosotros encantados, claro y bastante alucinados con la hospitalidad japonesa.

        Al llegar a Kamakura, pararon en una tienda y nos regalaron una caja con unos dulces típicos de la ciudad. ¡¡Qué gente más maja!!. Nos dejaron en Kamakura Eki (Estación Central) y después de despedir a la amable pareja, nos dirigimos a la oficina de turismo. Les pedimos que nos buscaran alojamiento económico, muy amablemente, fueron llamando por teléfono hasta que dieron con uno que se ajustaba a nuestro presupuesto. La chica nos dijo el precio y le pedimos que regateara un poco, que nos íbamos a quedar dos noches. Nosotros mirábamos expectantes mientras hablaban por teléfono, como si entendiéramos algo. Al final y con una gran sonrisa, nos dijo que ok, el dueño había aceptado rebajarnos el precio.

        Después de instalarnos en nuestras literas, Ada en el dormitorio para chicas y yo en el dormitorio para chicos, fuimos a dar un paseo por Kamakura. La ciudad estaba a tope de turistas. Seguimos un poco a la gente hasta que llegamos a un bulevar flanqueado por cerezos en flor e iluminado con farolillos. La imagen era espectacular, nos habían dicho que el pueblo era bonito, pero no nos esperábamos eso.  Antes de volver al hostal, hicimos nuestra rutinaria visita al supermercado para comprar cosas para el desayuno.

        A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, el dueño del hostel nos dijo que había una ceremonia en  la avenida principal que desemboca en el bulevar. Lo que nos encontramos fue una procesión, sí, una procesión como las que conocemos nosotros, pero con algunas diferencias: En el trono que llevan al hombro, no llevan imágenes, llevan “pequeños” templos, no van vestidos de nazarenos, van ataviados con unas sandalias, unos pantalones muy cortos, un kimono y una banda en la frente, la música era mucho más alegre que nuestras marchas procesionales y hacía que portasen los pasos casi bailando y dándole un ambiente más festivo. Todavía suena en mi cabeza ese ritmo.

Fuimos acompañando la procesión hasta el recinto del templo principal que estaba rodeado por un espléndido jardín y algún que otro lago. En el interior había un museo al que no entramos. Seguimos la ruta que nos habían indicado en la oficina de turismo, que era algo así como una ruta por todos los templos de la zona. Pasamos por diferentes templos, pero lo que más nos gustó fue el camino, una pequeña vereda rodeada de verdísima vegetación y no muy transitada. La ruta termina en un buda gigante que después de pasar por media Asia budista y sobre todo por Myanmar, no nos pareció gran cosa.

        Llegó la hora de comer y nos encontrábamos en la zona turística de los alrededores del buda, íbamos mirando los precios que había  en las puertas de los restaurantes, cuando ya parecía que iba a ser misión imposible comer por allí, encontramos un pequeño restaurante con una oferta en sopas. Nos comimos un excelente ramen por unos 600Y cada uno.

        Después de comer, empezó a llover, así que nos refugiamos en el hostel. Allí compartimos el dulce que nos habían regalado con dos chicos israelíes, un chico japonés, una chica tailandesa y el dueño del alojamiento, que además aportó una bandeja de yosas, una especie de empanadilla rellenas de pollo, cerdo, etc y que junto con el ramen se habían convertido en nuestro plato favorito de la gastronomía japonesa.

        Para terminar nos tomamos una sopa instantánea que también iba a formar parte de nuestra dieta japonesa. Raro sería el día que no nos tomásemos una, no porque nos encantasen, sino porque eran baratas y en los supermercados siempre hay agua caliente y cubiertos para preparar tu sopa.

        A la mañana siguiente tocaba cambio de ciudad, nos dirigíamos a Kaguaguchi Ko, uno de los chicos israelí que sabía japonés, nos escribió el cartel. Anduvimos bastante para encontrar un buen sitio para hacer autostop, en eso estábamos cuando nos cruzamos con un chico que se quedó mirando el cartel, se paró y nos dijo: “Yo os llevo, no tengo nada que hacer y yo también he viajado mucho y os quiero ayudar”. Era un trayecto de 120 Km., le dijimos que nos dejara en la entrada de la autopista y que allí conseguiríamos otro coche, pero no consistió. Estábamos teniendo mucha suerte en ese aspecto.

        No conversamos mucho con nuestro amable chófer porque apenas sabía inglés, intentó enseñarnos algunas palabras en japonés, pero fue misión imposible. Paramos a comer en una área de servicio. Él insistió en pagarnos la comida, pero nos negamos, solo faltaba eso. Con él conocimos una cadena de comida rápida en el que podías pedir un bol de arroz con tiras de ternera. bastante rico y bastante barato. Estaba claro que los japoneses comían mucho más que sushi.

       Durante el trayecto y según nos íbamos acercando a nuestro destino empezamos a divisar el monte Fuyi, no en vano, nos dirigíamos a la región de los lagos que rodean a la sagrada montaña.

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